Foto vía Farmacia Hausmann Blog

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Por Ángela Durá, Editora de Stroke Strike especializada en Nutrición.

Actualmente, sabemos que para la prevención de un buen número de enfermedades crónicas, y en concreto enfermedades cardiovasculares, es muy importante tener una alimentación adecuada.  A causa de creencias sin fundamento y falsedades que se han ido transmitiendo de generación en generación, muchas veces cometemos no pocos errores a la hora de planificar nuestra alimentación. Nuestros hábitos alimentarios no se han alejado en exceso de la tradición que los condiciona favorablemente, sin embargo, tanto en personas sanas como en aquellas que precisan de ciertas modificaciones, se observa un comportamiento con relación a la comida que dista en la mayoría de los casos de una correcta alimentación. El tema a abordar puede parecer que no suscita tanto interés, ya que son recomendaciones básicas que hemos escuchado y leído cientos de veces, pero ello no debe predisponer a quitarle importancia. No se debe confundir las recomendaciones para la salud con una larga lista de prohibiciones. Educar es mucho más que prohibir.

El valor de la alimentación reside en la combinación de alimentos.  No hablamos de efectos sobre la salud de alimentos en abstracto o considerados de forma aislada, sino de un estilo alimentario concreto, con un efecto global sobre la salud. De la sabia combinación de todos ellos, emana la condición de saludable.  Esta forma de entender la alimentación supone una mejora en las posibilidades y expectativas para el consumidor, pero también puede llevarnos a una situación de ansiedad, ya que la innovación en procesos y tecnología van por delante de la propia información, a veces más asentados en criterios comerciales que científicos. Hay que leer, informarse y contrastar informaciones, y no pensar que el consumo de un alimento o grupo de alimentos de forma aislada mejorará mi condición frente a la prevención de ciertas enfermedades.  No se trata tampoco de clasificar los alimentos como “malos” o “buenos”.  Generalmente no hay productos mejores o peores, sino hábitos alimentarios desfavorables (desequilibrios, costumbres inadecuadas, excesos, etc.). Recordemos, por ejemplo en este sentido, que no hace muchos años el aceite de oliva o el pescado azul eran considerados alimentos no recomendables. Actualmente,  se sabe por numerosos estudios que ambos alimentos son productos extraordinarios por sus innumerables cualidades nutricionales y saludables, y que juegan un papel fundamental como arma contra los infartos y otras enfermedades.

Sin duda, podemos afirmar que la alimentación está de moda por su relación con la salud, la estética y la cultura. Pero ante esta popularidad es frecuente que se crean o afirmen ideas que son claramente nocivas y se platee necesario desmitificar recomendaciones tales como que el agua engorda durante las comidas o que comer fruta de postre es desaconsejable por el azúcar que contiene.

El agua, aparte de ser un constituyente esencial y abundante de nuestro organismo, no proporciona calorías, y por tanto, no puede ser el responsable del aumento de grasa corporal. No engorda ni antes, ni después ni durante las comidas; Debemos beber agua habitualmente, salvo alteraciones puntuales de nuestro organismo.  Por otra parte, respecto a la fruta, que es un producto alimenticio muy conveniente, su ingestión es adecuada como postre, precisamente, porque su absorción al final de las ingestas se realiza de manera más suave; porque el estómago no está vacío y por la lentitud que la propia fibra de la fruta produce en el paso de la fructosa a la sangre, lo cual es bueno para obesos y diabéticos.

Sabemos, basándonos en consejos nutricionales básicos en relación a las enfermedades cardiovasculares, que la ingesta de macronutrientes debe ser la siguiente:

·Hidratos de carbono. 60-65% del total y de ellos no más del 10% de simples, el resto carbohidratos complejos.

·Grasa. 20-25% y de ella 12-15% monoinsaturada, 5-8% poliinsaturada y el pequeño resto de saturada.

·Proteínas. 10-15%

Y que estos macronutrientes deben estar divididos equilibradamente entre los diferentes grupos de alimentos y entre las cinco comidas diarias que debemos realizar. Ahora bien, las recomendaciones científicas chocan con modas y estilos de vida que fomentan y exigen el pluriempleo y las prisas. Lo que deberíamos hacer es tomar un suculento desayuno, sin prisas, una comida frugal y una cena apetecible y ligera. Es fundamental  no llegar a estar cuatro horas sin ingerir ningún alimento y distribuirse la ingesta diaria en cinco comidas, lo cual no significa “picar” continuamente.

Hay que entender que la nutrición no es la única culpable de las enfermedades. La salud ha de entenderse como la interacción de múltiples factores, modificables o no,  que inciden sobre el individuo y sobre los cuales se puede, o no, intervenir con una conducta preventiva. El tratamiento nutricional es siempre imprescindible para prevenir factores de riesgo cardiovascular. Es por ello que si conseguimos una alimentación equilibrada y mantenemos unos hábitos de vida saludables, con el adecuado ejercicio físico, libre de humos y de estrés, podemos estar seguros de que estamos realizando una buena prevención frente a las enfermedades cardiovasculares. Es más fácil de lo que parece y la recompensa es todavía mucho mayor, a nivel de salud física y mental.

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