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La HTA es un fenómeno común en la población adulta aunque su prevalencia varía en función de la geografía y el contexto étnico. Considerando el límite de 140/90 mmHg, un estudio establecía una prevalencia del 28% en Norteamérica y del 44% en un conjunto de seis países europeos

Aunque es un tema controvertido, hay evidencias que apoyan que la relación entre HTA y enfermedad vascular puede adoptar una morfología en “J”, mostrando aumentos de riesgo tanto con valores tensionales elevados como con valores tensionales por debajo de la normalidad. En cualquier caso, lo que es claro es que el riesgo de ictus se incrementa de manera continua con valores tensionales por encima de la normalidad.

Dado que la asociación entre HTA e ictus es clara y que la HTA es altamente prevalente en la mayoría de población adulta, se ha calculado que alrededor del 54 % de los ictus ocurridos a nivel mundial pueden ser atribuidos directamente a la HTA. A su vez, la HTA está presente en aproximadamente un 77 % de los pacientes que sufren un primer ictus.

La mejor estrategia de manejo en el ictus es su prevención. De entre los diferentes factores de riesgo relacionados con el ictus (modificables y no modificables), la HTA es sin duda alguna el factor de riesgo más directamente relacionado tanto con la incidencia de nuevos ictus como con su recurrencia. Su importancia es mayor si cabe al tratarse de un factor de riesgo modificable; así, a diferencia de lo que ocurre con otros factores de riesgo sobre los que no podremos actuar, toda estrategia encaminada a mejorar la detección y el tratamiento de la HTA tendrá una influencia directa en la reducción de las tasas de ictus y de la enfermedad vascular en general.

Tan precozmente como en 1990 pudo ya demostrarse que en poblaciones occidentales, reducciones de 5 mm Hg en la presión arterial diastólica o de 10 mm Hg en la sistólica se asociaban a reducciones en el riesgo de ictus del 30 al 40% independientemente del nivel tensional basal y que este riesgo podía ser casi normalizado tras unos años de obtener una reducción efectiva y estable de la presión arterial. Posteriormente diferentes estudios aportaron evidencias similares para otros grupos poblacionales.

El tratamiento de la HTA debe incluir sin duda modificaciones dietéticas. Hay evidencias de alta calidad que muestran que la reducción de la ingesta de sodio en la dieta reduce la presión arterial y no tiene efectos adversos en los lípidos sanguíneos, niveles de catecolaminas o función renal. La reducción en la ingesta de sodio se asocia así mismo con una reducción en el riesgo de ictus y de enfermedad coronaria fatal en adultos. La evidencia sugiere además que la mayor parte de la población se beneficiaría de una estrategia de reducción de sodio en la dieta.

El tratamiento anti-HTA es eficaz tanto en la reducción de cifras tensionales como en la reducción del riego de ictus y de enfermedad vascular en general y cualquier tratamiento puede ser útil en este objetivo. Así, independientemente de otras consideraciones sobre tolerancia o beneficios secundarios de los diferentes tratamientos, en base a la evidencia disponible parece no haber diferencias significativas entre los fármacos reductores de la TA en cuanto a su efecto sobre la prevención primaria de la enfermedad vascular. Los meta-análisis de ensayos clínicos de medicación anti-HTA han confirmado y aportado mayor evidencia si cabe, de que estos tratamientos son capaces de retrasar o de prevenir la aparición de infarto de miocardio e ictus.

Por el Doctor Alejandro Ponz.