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A principios de este año se puiblicó en Stroke e IntraMed un estudio que realizaron Susan Everson-Rose y su equipo en la Universidad de Minnesota, en el que hallaron que las personas con más estrés percibido eran un 59% más propensas a sufrir un accidente cerebrovascular (ACV)

Este equipo realizó un seguimiento durante casi 9 años de 6.749 adultos, y concluyeron que el estrés y las emociones negativas influyen en el riesgo de padecer enfermedad cardíaca. A pesar de que las cardiopatías y el ACV tienen factores de riesgo comunes, poco se sabe de cómo las emociones influyen en la aparición de un ACV. Lo que sí pudieron constatar fue que el estrés, la hostilidad y los síntomas depresivos (pero no el enojo) estaban asociados con un aumento del riesgo de ACV o AIT (accidente isquémico transitorio).

Con resultados contundentes pudieron establecer que los participantes más deprimidos eran un 86% más propensos que los menos deprimidos a sufrir un ACV o un AIT, y las personas con más estrés eran un 59% más propensas a sufrir un ACV que aquellas con los niveles más bajos de estrés. Por último, y no por ello menos importante, remarcaron el hecho de que las personas con altos niveles de hostilidad duplicaban ese riesgo. Todos estos resultados se mantuvieron más allá del control de los factores tradicionales de riesgo que se vienen teniendo presentes hasta la fecha, como son el tabaquismo, el consumo de alcohol excesivo, el sedentarismo o la alta presión arterial.

Frase Lao TséPero vamos a aclarar algunos conceptos; ¿a qué llamamos estrés?

El término estrés proviene del griego stringere, que significa “provocar tensión”. Se trata de una respuesta que da el organismo (física o emocional) a toda demanda de cambio real o imaginario que produce adaptación y/o tensión, y que está presente en los seres vivos entre el repertorio de conductas para la supervivencia.

Walter Canon (1929) lo definió como una reacción de lucha o huida ante situaciones amenazantes. Algo más tarde, en 1935, Hans Selye puntualizó que se trataba de una respuesta fisiológica, psicológica y de comportamiento de un sujeto que busca adaptarse y reajustarse a presiones tanto internas como externas.

Cuando nos enfrentamos a un estresor, se pone en marcha nuestro sistema neuroendocrino; nuestro organismo se activa y se prepara para “la acción”, concentrando las energías del cuerpo en el cerebro, el corazón y los músculos (que serán los que necesitemos para luchar o huir). Por tanto, la respuesta al estrés no es el problema, sino más bien lo sensibles que podamos ser a la hora de percibir como “estresante” una situación. Es decir, el evento que desencadena la respuesta, la intensidad con la que lo hace y la duración que tenga esa sensación de tensión y malestar. Cuanto mayor sea nuestro nivel de exigencia (hacia nosotros mismos y hacia los que nos rodean), mayor sea nuestro nivel de competitividad y menor nuestra tolerancia a la frustración, más situaciones desatarán nuestro sistema de alarma y activarán la respuesta de estrés. Y una sobreestimulación de este sistema de respuesta aumenta la probabilidad de que se produzca un fallo.

¿Cómo afecta a nuestra calidad de vida?

Como ya podréis deducir, el nivel de calidad de vida de una persona que debe estar constantemente alerta no puede ser el mismo que el de una persona que percibe peligro en un número menor de situaciones diarias.

¿Qué podemos hacer?

La parte caractereológica (la que “viene de serie”) es más resistente a realizar cambios. No obstante, puede trabajarse. La ganancia de calidad de vida pasaría por:

  • Identificar aquellas situaciones que desencadenan nuestra respuesta de estrés.
  • Jerarquizarlas, desde las que más disconfort nos generan, hasta las que tienen menor ?intensidad.
  • Con ayuda de un profesional especializado, ampliar nuestro abanico de respuestas ?para poder ir modificando nuestro afrontamiento. ?Cuanto mayor sea el número de herramientas del que dispongamos, mayor abanico de posibilidades a la hora de solucionar problemas o afrontar situaciones difíciles. ?Parafraseando a Lao-Tsé, “un camino de mil millas, comienza con un solo paso”. En este caso, el primer paso sería ser conscientes de que quizá podríamos tomarnos la vida de otra manera, de que nos irritamos y estresamos más de lo necesario. Sólo con eso, ya podemos ponernos en marcha hacia el cambio.

 

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