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Es una de las principales autoridades sobre el ictus en España, con una dilatada experiencia investigadora y clínica, también a nivel internacional, aderezada con una clara vocación divulgativa. Jaime Gállego Culleré es el coordinador del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares (GEECV) de la Sociedad Española de Neurología (SEN), coordinador de la Unidad de Ictus del Servicio de Neurología del Complejo Hospitalario de Navarra y profesor de la Universidad de Navarra. Con motivo de la LXVI Reunión Anual de la SEN, celebrada recientemente en el Palacio de Congresos de Valencia -por primera vez fuera de Barcelona en 65 años-, entrevistamos a Jaime Gállego para tomar el pulso a los últimos avances sobre prevención y tratamiento del ictus, preguntarle por las principales inquietudes que nos trasladáis los lectores de Stroke Strike. Una interesantísima conversación de una hora en la que el reputado neurólogo catalán pone el acento en el repunte del ictus entre los jóvenes o la importancia del tratamiento psicológico y en el que se muestra especialmente preocupado por las diferencias de recursos entre Comunidades Autónomas y el cortoplacismo en las políticas sanitarias. Jaime Gállego, además, refrenda en distintos momentos de la entrevista la tarea didáctica de plataformas como Stroke Strike: “Si la sociedad está bien informada sobre el impacto socio-sanitario que tiene el ictus, los recursos terminarán siendo acordes a las necesidades”.

¿Cuáles son las principales avances o conclusiones en torno al ictus que se han abordado en la Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología?
La reunión del GEECV se dedicó a la Cenicienta del ictus, que es la hemorragia cerebral espontánea no traumática, y especialmente a su tratamiento en fase aguda: cómo tratar a estos pacientes, cómo controlar la presión arterial, cuándo debe de estar indicada la cirugía… También abordamos las malformaciones vasculares, por ejemplo. El tema fundamental era ver hasta qué punto podemos mejorar la asistencia y el tratamiento de los pacientes. El mensaje fundamental de la reunión fue que el tratamiento de la hemorragia cerebral es global y las unidades de ictus siguen siendo el estándar para el tratamiento de la mayoría de hemorragias. Se revisaron todos los avances y las principales polémicas con temas controvertidos: hasta qué punto hay que mantener la presión arterial, hasta qué punto hay que bajarla, si es seguro o no… Dentro de la reunión del GEECV había un invitado especial que ofreció la lectura Thomas Willis: una figura relevante de la neurología vascular, el profesor de la Universidad de Berna Dr. H. Mattle, que habló de cómo tratar un tipo de ictus que representa el 20% de los casos, la trombosis de la arteria basilar de la circulación posterior. También hubo una reunión del Proyecto Ictus, organización que establece un sistema de investigación colaborativa. Dentro del GEECV diferentes investigadores buscan una alternativa para tener una plataforma de trabajos de investigación multicéntrica a nivel nacional, para estimular a nuevos investigadores y nuevos puntos de lanza de la investigación. Una reunión muy reducida donde se exponen los estudios que se están haciendo y en proyecto: hay 27 finalizados y 7 activos en los que participan 15 hospitales. Son estudios de prevención, sobre técnicas de diagnóstico, de tratamiento, epidemiológicos. Además, la reunión también acoge numerosas comunicaciones de miércoles a viernes, seminarios o grupos de estudio sobre neurología vascular, donde se plantean alternativas diagnósticas, terapéuticas, novedades farmacológicas, epidemiológicas… También hay actividades para residentes y neurólogos jóvenes, como cursos de capacitación.

Lo que más preocupa a la gente es la incidencia progresivamente mayor del ictus en nuestra sociedad, ¿está relacionada con el envejecimiento general de la población, con hábitos poco saludables, con la crisis económica, todo junto? ¿Es verdad que se está detectando un incremento de casos de ictus entre jóvenes? ¿A qué se debe este fenómeno?
Efectivamente, hoy sabemos que el ictus en España tiene una incidencia que va aumentando poco a poco y eso lo explican bastantes factores. El primero y muy importante: se vive más. El ictus tiene una mayor prevalencia a determinadas edades: más o menos el 75% de las personas que sufren un ictus son mayores de 65 años, de manera que el 25% están por debajo. Y, como apuntabas en la pregunta, vemos también una cosa muy importante que debemos recalcar: el ictus tiene un repunte en edades más tempranas, en jóvenes a partir de los 18 años. La explicación es que los factores de riesgo de los que tanto se habla, en los que hay que incluir los hábitos de vida, que tienen una importancia crucial, están apareciendo en esta franja de población: hay más tabaquismo, hay más consumo de alcohol, hay más obesidad, hay gente que no se controla… Jóvenes que son hipertensos, que llegan a los 45 años y que están con muchísima afectación vascular silente, pero eso no significa que sea inocua. A nivel europeo estamos viendo que hay un aumento de la incidencia de pacientes más jóvenes y una prevalencia mayor de factores de riesgo vascular. Jóvenes de menos de 45-50 años. Existe una frecuencia de factores de riesgo en esta franja de edad que antes no había, por hábitos de vida y por otras circunstancias; también inciden las migraciones, por ejemplo. Y esto es muy importante porque podemos intervenir.

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El doctor Jaime Gállego, durante la entrevista en el Hotel Meliá Valencia.

Los hábitos de vida saludable siempre aparecen como eje de esa intervención para frenar el ictus…  
¡Claro! En el ictus hemorrágico se está viendo que hemos reducido en edades mayores porque se les controla mejor la presión arterial, pero el envejecimiento también trae consigo que no cae, por lo tanto la incidencia está ahí retenida. Lo que ha bajado es la mortalidad, que tiene varios factores que lo explican y que, efectivamente, nos hace insistir en que lo que podemos hacer es educar, informar y hacer que se cumplan una serie de hábitos de vida que sean saludables. Un ejemplo: un estudio realizado en Nueva York, que tiene una zona de Manhattan donde vive un gueto de población caribeña. En España la probabilidad de que una persona que ha sufrido un ictus sea hipertensa está en el orden del 60-70% y que sea diabético un 20%. Allí adquiere cuotas brutales, porque hay mucha obesidad entre la población, que procede de unos hábitos de vida muy distintos a los que ha adquirido en Nueva York: el 100% son hipertensos, diabéticos hasta el 60%… Así que la medida que ha decidido tomar el Gobierno en ese gueto, en base a fundaciones privadas, es educar a los niños para que sus hábitos sean reforzados y evitar que caigan en la situación que han caído sus padres y sus hermanos mayores. Eso es fundamental. Por eso no hay que parar nunca de educar con campañas de formación e información.

Entre los lectores de Stroke Strike hemos detectado un fuerte interés por la asistencia psicológica y en redes sociales confirmamos que hay mucha gente con necesidad de ser escuchada, de compartir su experiencia. ¿Alguna recomendación o pauta general al respecto?
Esta es una pregunta muy complicada, porque es muy fácil decir que después de un ictus la probabilidad de que una persona tenga una depresión es altísima, más del 40%. Y no es solo la depresión, después de un ictus muchos enfermos tienen fatiga, se cansan, están apáticos, les ha cambiado el carácter o están abúlicos… Porque ha existido una lesión y porque eso provoca una serie de cambios en la actitud conductual de la persona, en la afectividad, que son la manifestación más o menos tardía de la enfermedad que ha padecido, y hay que tratarla. Hay tratamientos que van encaminados a mejorar el estado anímico. Y uno de los tratamientos es la psicoterapia, que evidentemente debería de hacerse en muchos casos. Las secuelas no están limitadas a lo motor, al lenguaje, a la estabilidad, a lo cognitivo, sino también están en lo afectivo y ahí debe intervenirse. Por eso, el tratamiento y la evaluación de los enfermos debería hacerse desde la prevención y continuar después del ictus. Una línea de trabajo que debe de mantenerse, de acuerdo a las necesidades de cada región por demografía y población. La rehabilitación debería de incluir, no solo la funcional-física, sino cognitiva, del lenguaje, afectiva… Eso es muy importante. Por eso las unidades de detección de daño cerebral deben de tener un ámbito multidisciplinar.

Más inquietudes que nos hacen llegar nuestros lectores: ¿Qué incidencia tiene el factor hereditario en el ictus? ¿Cómo pueden prevenirlo las personas que tienen antecedentes familiares?
No es una enfermedad genéticamente determinada salvo porcentajes que no llegan ni al 1%. Los ictus por enfermedades hereditarias, exclusivamente monogénicas, son muy bajos. Otra cosa es que exista una predisposición porque la familia tiene un rasgo de hipertensión, sobrepeso, diabetes, disfunción cardíaca… Es en esta población en la que debe pesar más la intensidad en las medidas de prevención. Es decir, cuanto más riesgo puedo tener más estricto y más firme debo de ser en las medidas de prevención. Si sabiendo esto soy fumador o bebedor abusivo, no me cuido el peso, no hago ejercicio, entonces…

Vídeo de la entrega de los Premios SEN-Ictus 2014 a la periodista Victoria Prego y a la Asociación Nacional de Informadores de Salud (ANIS) por parte de Jaime Gállego con motivo del Día Mundial.

Recientemente hemos publicado en Stroke Strike una infografía con estadísticas que ponen bien a las claras el enorme impacto socio-sanitario que tiene el ictus en España. Sin embargo, más allá de conmemoraciones como el Día Mundial del Ictus o casos de personas muy populares, no parece que la concienciación sobre su prevención esté presente en la opinión pública al nivel de otras lacras con cifras similares como el cáncer, el Alzheimer o los accidentes de tráfico. ¿Por qué cree que al ictus le sigue costando alcanzar tanta visibilidad?
Modestamente, creo que ahora ya empieza a visibilizarse. Quizás lo vea así porque soy un veterano y lo miro desde la distancia, pero hay que tener en cuenta que hubo una época en la que decías la palabra “ictus” y nadie sabía lo que era. En el año 98 en este país no había ni una sola Unidad de Ictus; el ictus no se trataba en Urgencias. El nihilismo era completo: no había tratamiento, por lo tanto no se trataba y no existía el ictus. Incluso a nivel de lenguaje no se conocía como tal, sino que era embolia, derrame… la gente se hacía un lío. Precisamente la denominación de ictus salió del GEECV para unificar entre la población el concepto, conforme los americanos y los ingleses tienen “stroke” o los catalanes la “feridura”. Pero claro, ¿de qué me vale que me digan que tengo un ictus si no hacen nada conmigo, si en Urgencias me tienen allí esperando hasta que me toca? Afortunadamente, esto ha cambiado. La activación de un Código Ictus hoy supone el mismo tratamiento en celeridad que un politraumatismo grave o que una enfermedad coronaria. En general, por supuesto que hay desigualdades y para eso está el GEECV, para trabajar para que se fomente la equidad en el tratamiento integral del paciente con ictus. Precisamente por eso ha descendido la mortalidad como comentábamos. Así que yo creo que ahora el ictus ya mueve muchísimo. El ictus sale en las películas, en las series de televisión, se puede escuchar por la calle… La gente está concienciada. Se ha dado un salto cuantitativo y cualitativo importante. Aunque, por supuesto, insistimos en informar y formar para poder hacer bien la prevención. Hemos avanzado mucho…

¿Pero realmente cree que estamos en una situación ideal al respecto?
No, sobre todo, los problemas que plantearía se refieren al mapa de 17 comunidades autónomas, en el que la historia y el estado de la situación no es igual. Tenemos comunidades que están perfectamente cubiertas, otras bien cubiertas, otras moderadamente cubiertas y otras fatal. Y por eso hay diferencias en la atención al ictus en nuestro país, en el registro de la enfermedad y en la mortalidad. Si nosotros lo hacemos mejor, aunque no sólo es una labor de los neurólogos, si en Primara y Secundaria se hace una buena función de prevención, puede reducirse la incidencia como ha ocurrido. Pero hoy en día se trata mejor a los pacientes que han tenido un ictus, se hace mejor el seguimiento y la prevención y por eso baja la mortalidad. Los cuidados son completamente distintos. Hemos pasado de no actuar a que el ictus sea considerado una urgencia de primer orden al nivel del infarto de miocardio, con unidades especiales y un modelo asistencial sólido, centros de referencia… existe la trombólisis, existe incluso el tratamiento endovascular, existe el tratamiento en la hemorragia cerebral para el mantenimiento en la Unidad de Ictus… y todo eso ha cambiado totalmente la historia.

La pregunta iba más dirigida a la educación y concienciación en la población general… ¿Piensa que plataformas como Stroke Strike son necesarias para divulgar la enfermedad a la gente en internet y redes sociales con un lenguaje más cercano?
Totalmente. La información, que es formación y divulgación en sí misma, está claramente demostrado que es un punto de presión y, si se baja la presión, se relaja el sistema y aparecen cosas que son negativas: retraso en la llegada de los pacientes a los centros, pérdida de pacientes para un tratamiento eficaz, incremento del número de fracasos terapéuticos… En otros países se ha demostrado que si no se hacen campañas de concienciación baja esa presión, el relajamiento es claro y reaparecen indicadores negativos. El silencio es inhibición y por eso es muy importante la información. Y la información puede ser como hacen los americanos, que tú estás viendo un programa de televisión y, de repente, te aparece por abajo un mensaje que dice: “Si tiene usted un ictus llame a tal número”. O las campañas, que tienen un objetivo claro: educar y facilitar que el ciudadano sepa qué debe hacer. Debemos transmitir la necesidad de que la gente se ha de cuidar para mejorar su calidad de vida y, por otra parte que, cuando ocurra, sepamos que puede ser un ictus y que hay que correr.

En la presentación de la nueva pulsera QR contra el ictus en Valencia algunos afectados preguntaban cuándo ese tipo de iniciativas para la detección precoz de riesgos podrían pasar de ser una experiencia piloto a estar generalizadas en el sistema de Salud Pública. ¿Cree que la Administración se debería de implicar más en este tipo de iniciativas?
Los ciudadanos deben de contar con profesionales comprometidos y con un Administración que trabaje para que el sistema sanitario funcione bien, ya no sólo hablo de ictus, sino en general, y que sea sostenible. Tenemos en Europa, en España y en nuestras Comunidades Autónomas una sanidad universal y gratuita. Hemos pasado y estamos pasando un periodo complicado. Quien más y quien menos puede pensar que estamos exagerando, pero lo cierto es que los recortes en Sanidad se han producido; ha habido una serie de medidas que no han beneficiado a los sistemas sanitarios públicos, tanto de atención primaria como de hospitales. Y esto tiene que ver con el compromiso del sistema actual. Uno de los problemas más graves es que existen diferencias importantes entre Comunidades Autónomas en esta materia: hay aventajadas y muy desaventajadas. Hay una estrategia que se estableció en el Ministerio de Sanidad, que se llama Estrategia Nacional del Ictus, que lo que pretendía era precisamente facilitar que, a través del Ministerio y las Comunidades Autónomas, el ictus fuera tratado en igualdad de condiciones se encuentre donde se encuentre el paciente sin distinción de etnia, edad, sexo…

¿Y se ha cumplido?, ¿ha dado sus frutos?
Se hizo una evaluación para ver cómo se aplicaba en cada Comunidad Autónoma. Las unidades de ictus son el modelo asistencial ideal del ictus en fase aguda y debería de haber una por cada 75.000-100.000 habitantes. Aunque cada comunidad lo puede establecer de forma general, vemos que hay algunas que no tienen una unidad ni por 600.000 habitantes y que hay 15 provincias mayores de 300.000 habitantes que no tienen una unidad de ictus. Y, aunque duela decirlo, las estadísticas de muerte por ictus muestran diferencias brutales entre Comunidades Autónomas. El mensaje para la Administración es que el compromiso debe de ser de los gobiernos autonómicos, pero no sólo de los que están en el poder, sino del Parlamento. En esta materia tiene que haber una colaboración absoluta y si las cuestiones planteadas tienen el objetivo de mejor la asistencia da igual de dónde provenga el cambio, lo importante es que se haga, con valentía. Si miramos menos electoralmente a corto plazo, a uno, dos o tres años, si somos capaces de establecer medidas a medio-largo plazo este país habrá dado el salto cualitativo. El sistema político debe estar en función y para rendir al ciudadano y tiene que ser capaz de entender que el Gobierno está formado por los que están con un cargo directo y los que están en el Parlamento, pero juntos colaborando. Y cuando no hay acuerdo, hacer caso de las sociedades científicas, contrastadas, que van a plantear los principales puntos de desarrollo y de mejora, y no recelar.

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El reputado neurólogo, en un momento de la entrevista.

En esa misma línea, otro de los temas que generaron debate en la citada presentación de la pulsera QR es el hecho de que en España haya comunidades autónomas que autorizan la prescripción de los nuevos anticoagulantes y otras que no. ¿Esta situación está en vías de solución?
Esto tiene mucho que ver con lo mismo que acabamos de hablar y también podemos hablar de que hay comunidades autónomas que invierten más que otras en Sanidad o que lo invierten hacia una línea y otras hacia otra. La mayoría de veces las medidas se toman mirando sólo a corto plazo. Los nuevos anticoagulantes, que ya no se deberían de llamar nuevos sino anticoagulantes de acción directa porque los otros son antivitamina K, efectivamente inicialmente son más caros, pero son tan eficaces o más y, además, mucho más seguros, porque reducen de forma muy significativa el riesgo de la complicación más temible en un anticoagulado, que es la hemorragia cerebral y las hemorragias graves en general. Son fármacos que tienen un efecto predecible, que tienen una facilidad para anticoagular muy evidente y mucho más específica y, sobre todo, con mucho menos riesgo de hemorragia. Desde el punto de vista clínico-neurológico, el enfermo con un ictus por una arritmia por fibrilación auricular, no valvular, que es la única indicación que tienen hoy estos anticoagulantes, con los tradicionales tienen mayor riesgo de recurrencia y mayor riesgo de hemorragia cerebral. La respuesta puede ser: “pero es que son más caros”. Evidentemente, el coste-beneficio si lo miramos a corto plazo es caro, pero ¿sabe cuánto vale controlar el Sintrom a un enfermo durante un año? ¿o cuáles son los gastos indirectos? Así que, en este tema, el GEECV ha de ser capaz de transmitir la información de manera que los posicionamientos terapéuticos se vayan modificando y no se hagan solamente de acuerdo a un sistema económico, sino simplemente teniendo en cuenta cuál es el mejor tratamiento, el que mayor seguridad ofrece y dé mejor beneficio social.

Por último, le pedimos un mensaje para los grandes olvidados de esta problemática: las personas que cuidan y atienden de forma silenciosa y cotidiana a familiares con secuelas por un ictus.
Habría que transmitir muchos mensajes. De hecho, el GEECV nace con la misión de tratar mejor el ictus, pero no solamente dirigido al paciente, sino a su entorno. Nosotros estamos comprometidos en hacer lo posible para que esto que hablábamos de que el tratamiento vaya desde el principio hasta el final, incluyendo el periodo post-ictus, sea una realidad. Cuando ya ha ocurrido el ictus, el de la soledad del anciano, del joven que se queda sin empleo o pierde años de vida productiva o sufre cierto rechazo social. De manera que es necesario establecer, y aquí viene otra parte importante, la necesidad de que las instituciones colaboren al unísono, desde las consejerías de Sanidad y de Bienestar Social, que no sea algo separado o disgregado, y que cada Comunidad Autónoma haga un balance de cuál es la situación de los pacientes discapacitados. Es decir, lo que estamos pidiendo es que tengamos capacidad para analizar cuántos enfermos requieren rehabilitación física, neuropsicológica, conductual, cognitiva… Cuántos enfermos quedan discapacitados de forma definitiva y necesitan recursos sociales, en el ámbito familiar (una ayuda de unas horas), en el ámbito social (residencias asistidas, etc). Y cuántos de estos enfermos desgraciadamente fallecen y cuántos necesitan una ayuda de otro tipo. Es decir, queremos insistir en que esto es necesario conocerlo y trabajar, porque si la sociedad lo sabe los recursos van a ser acorde a las necesidades. Si no lo sabemos estaremos tapando cosas y haciendo una organización basada un poco en la improvisación. No estoy diciendo que se haga así ahora, pero creo que hace falta mucho más conocer cuál es la situación socio-sanitaria, y cuando digo socio-sanitaria me refiero al núcleo familiar, para saber cómo actuar. La familia y su entorno es fundamental: usted queda hemipléjico, pues le hacemos unos cambios en la casa, le colocamos una silla, o algunos tienen solo un trastorno del lenguaje, pero en cualquier caso todo esto repercute en el entorno familiar y ahí la sociedad tiene que trabajar. Y tiene que implicar a todos, a las administraciones y a las sociedades científicas. ¿De qué me vale a mí que una Comunidad Autónoma me diga que tiene no sé cuantas residencias si no sabe cuántos discapacitados ha de atender?