La sobrealimentación de los países industrializados se relaciona actualmente con el incremento de enfermedades cardiovasculares (ECV), obesidad, neoplasias, caries e incluso con el de otras, que presentándose en forma de trastornos psicológicos y anormalidades del comportamiento ocasionan problemas muy graves de salud.

La alimentación puede considerarse como el factor más importante de la higiene individual, ya que ningún otro factor aislado ejerce tanta influencia sobre la salud y sobre la vida como los alimentos. Una de las  intervenciones en el proceso de prevención y tratamiento de la ECV es establecer pautas y recomendaciones nutricionales y alimentarias.

La dieta adecuada debe estar presente en cualquier etapa de la patología cardiovascular, exista o no tratamiento farmacológico. La dieta de prevención cardiovascular debe alcanzar los siguientes objetivos:

La leche, yogur y similares pueden estar presentes en la dieta recomendándose en general las variedades descremadas correspondientes. Se debe limitar el consumo de quesos con gran contenido graso, consumiendo por el contrario los de bajo contenido, como por ejemplo los quesos frescos, aunque sin ingerirlos tampoco en exceso.

Limitar el consumo de carnes no debiendo superar las tres raciones a la semana. Consumir preferentemente piezas magras limitando las piezas grasas y cuando se consuman éstas eliminar la grasa visible correspondiente. Es recomendable el pollo eliminando la piel y las piezas magras del cerdo. Evitar en alto grado los embutidos.

Consumir pescado con mayor frecuencia que las carnes, debiendo estar presentes las especies “blancas” o bajas en grasa como las “azules” o grasas. Evitar en alto grado los salazones en general. Consumir marisco esporádicamente.

El consumo de huevos no debe superar los 2-3 a la semana. Se puede sin embargo utilizar la clara, salvo la que imponga el nivel proteico recomendado. Limitar el consumo de mayonesa, eligiendo los productos sustitutivos no grasos.

Consumir preferentemente aceite de oliva (en especial virgen), frente a cualquier otro tipo de aceite tanto en crudo como en cualquier tipo de cocinado, especialmente fritura. Evitar el consumo de nata y crema (tipo graso), así como las grasas saturadas visibles como manteca, sebo, etc. Evitar el consumo de mantequilla, aconsejándose la margarina con gran contenido en grasa insaturada (“margarina vegetal”).

En cuanto al consumo de pan, se debe dar preferencia a las variedades de tipo integral, las cuales ayudan a alcanzar las recomendaciones de fibra.

Deben limitarse mucho los productos de pastelería, bollería y heladería, y en especial aquellos que contienen determinada grasa vegetal como son los aceites de coco y palma, así como grasa animal (sebo, tocino, manteca, mantequilla, nata) y chocolate. Estas limitaciones se deben además de al tipo de grasa, a la importante cantidad de azúcar que suelen llevar. En su caso, elegir productos en los que su elaboración intervenga aceites vegetales, preferentemente de oliva, fibra alimentaria e incluso edulcorantes artificiales. En cuanto al consumo de helados se aconseja preferentemente los de “tipo agua”, que no incorporan ningún tipo de grasa en su preparación.

No existe ninguna limitación en cuanto al grupo de frutas, verduras y hortalizas. Deben consumirse prácticamente a diario.

Debe evitarse el consumo de bebidas alcohólicas. Si se permiten las mismas, se recomendará preferentemente vino tinto, no superando uno o dos vasitos al día (125-250 ml).

Por la nutricionista Ángela Durá

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