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Cuando pedimos a nuestros seguidores de Facebook que nos contaran su historia de superación relacionada con el ictus nunca pensamos que nos llegaría un relato tan conmovedor y detallado, de esos que te sacuden por estar llenos de verdad. Abraham Montes de Oca nos cuenta que hace ahora 10 años un ictus frenó en seco su acelerado ritmo de vida tras su trayectoria como karateka de élite y que el ultrafondo, las carreras de montaña y el triatlón -es miembro del Club Sierra Bermeja Trail de Estepona- han sido su tabla de salvación gracias a su espíritu luchador y al empuje inicial de un fisioterapeuta, Sandro, con el que tiene pendiente hacer un Ironman. Quién sabe si en el que nos cuenta que ya se ha apuntado para 2016… Una frase resume bien su historia: “Ahora puedo reírme de todo esto, pero por aquel entonces no podía ni mirarme al espejo”. No hemos encontrado una forma mejor de conmemorar el Día Mundial del Ictus. Muchísimas gracias por compartir tu historia con nuestros seguidores a través de Stroke Strike, Abraham, de corazón.

“En noviembre de 2005 y a la edad de 26 años sufrí un ictus, provocado principalmente por el estrés y la mala alimentación durante mi época como competidor de kárate. Hacía tan solo un año que había acudido a mi último Europeo de Kárate Shotokan con la Selección Española y me había tomado el ansiado año sabático que todo deportista se toma cuando da por concluida su carrera deportiva. Eran tiempos de nuevos proyectos, pensar en qué trabajar, estudiar, pareja y… ¿por qué no?, formar una familia. Tuve la suerte de encontrar rápido trabajo y poder continuar dando clases para no desvincularme del todo del mundo del kárate. Encontré pareja y disfrutaba de mi tiempo libre, sobre todo de la bicicleta, la cual me apasionaba de siempre y por la que tuve debilidad desde muy pequeño, ya que en mi localidad había mucha tradición ciclista. Hasta tal punto de que hice un curso de monitor de ciclo-indoor y me puse a dar clases también. Quería comerme el mundo, quería hacer todo lo que desde los 16 años no había hecho.

En tan solo dos meses había pasado de entrenar dos veces al día, y entrenar solo para competir, a tener tres trabajos, una novia, salir de fiesta y los añadidos de la misma, sobre todo con la familia. Nada de drogas, ni alcohol, pero empezaba a trasnochar, comer mal, gastaba demasiado dinero e iba con gente que se metía en bastantes líos, de los cuales por mi condición de deportista conocido en mi localidad, salía airoso siempre.

Hasta que un día se truncó todo.

Habían pasado ya 6 meses de mi nueva situación y mi última semana había sido asfixiante: tres clases de spinning por las mañanas, por las tardes clases de kárate, noches alternas en el hospital y la novia enfadada cada dos por tres porque no la veía. Por otro lado, la situación con mis padres era insostenible y me marché de casa. Una tarde, después de una gran bronca con mi familia, empecé a encontrarme mal. Tenía un hormigueo en el brazo que llegaba hasta la cara, la pierna la tenía como dormida y empecé a sentir mucho dolor de cabeza. Tan solo pude llamar a mi novia y llegar conduciendo hasta la puerta del hospital, que gracias a dios estaba cerca, porque llegué tan justo que los celadores tuvieron que sacarme del coche. No podía ni hablar y mi coche lo tuvieron que aparcar dos policías que se encontraban en urgencias.

Me acababa de ocurrir, había sufrido un ictus. Yo solo veía a unos y otros correr y decir: “¡Rápido, las primeras horas son las que van a salvar a este muchacho!”. Después de 15 minutos de idas y venidas de médicos, uno de ellos comentó: “¡Hay que ingresarlo en la UCI ya!, ¡avisad a la familia!”. Creo que es el momento más duro que ha vivido mi mujer, en ese momento mi novia, en toda su vida. Los médicos les comunicaron a ella y a mis padres la triste noticia: “Abraham ha sufrido un ictus, tenemos que hacer más pruebas, pero por lo pronto vamos a ingresarlo en la UCI para ponerle tratamiento anticoagulante y esperar a ver cómo evoluciona, pero quiero que sepáis que tiene un 90% de posibilidades de que se quede en las condiciones en las que lo habéis visto. Lamentamos tener que comunicarles esto, pero ahora mismo es lo que tenemos, no sabemos si tiene un coágulo o tiene otro problema, tenemos que hacerle mas pruebas”.

Hemiplejia izquierda, pérdida de visión y audición de la parte izquierda, el habla la tenía afectada y uno de mis riñones no funcionaba correctamente. Allí, postrado en mi cama en la Unidad de Hemodinámica, yo que había trabajado en un hospital, sabía que no eran buenas noticias. Seguí así 3 días sin ninguna mejoría, hasta que decidieron subirme a la planta. Allí empezó el triatlón más grande del mundo. Quise empezar con la fisioterapia lo antes posible y, tras dar el coñazo varias veces, conseguí que me dieran las primeras sesiones, todas ellas sin resultado, seguía sin tener sensibilidad en mi pierna y brazo derecho aunque el rostro ya estaba algo mejor y mi cara ya no parecía la de Joker. Ahora puedo reírme de todo esto, pero por aquel entonces no podía ni mirarme en el espejo. Después de 8 días subió a mi habitación un fisioterapeuta nuevo. Nunca olvidaré el aspecto de aquel hombre: pulsera de livestrong, brazos depilados, rapado y de complexión atlética. Le pregunté si hacía ciclismo y me dijo que “también”. Su compañero me decía: “Este hace de todo, aquí tienes a un verdadero Ironman”. Luego me enteré de que tenía 8 ironman y 12 ultramaratones de montaña a sus espaldas. Y cuando venía yo le decía: “¡Qué máquina!, si consigues enderezarme te prometo que algún día hago uno contigo”. Y él me contestaba: “Soy muy cabezón, te vas a poner bien artista”.

Y así empecé. Todos los días hacíamos 30 minutos en la cama y luego intentábamos levantarnos de la silla de ruedas y, claro, andar todavía era imposible. Hasta que un día me pellizcó en un muslo y ¡pude sentirlo!, ¡no sabéis qué sensación!, ¡como si me hubiera tocado la lotería! Aquel día hicimos los 30 minutos en la cama y conseguí ponerme de pie. Al día siguiente Sandro, como se llamaba mi fisio, me dijo: “Vamos Abraham, hay que entrenar”. ¿¡Entrenar!? ¡Pero si no podía ni ponerme en pie! Dejó la silla en la entrada de la habitación, cerca de la cama. Solo tenía que dar cuatro pasos para alcanzarla. “Este es hoy tu Ironman, tienes que intentar llegar a la silla, yo te ayudo”. Así comencé, después de aquel “Ironman” vinieron otros. Cada vez la silla estaba más lejos, hasta que un día llegué al mostrador de la planta a pedir los papeles de mi alta médica.

Todavía quedaba mucho por hacer, pero ya tendría que ser yo mismo. Nunca olvidaré lo que Sandro hizo por mí. Se involucró conmigo porque sabía que había sido deportista y él decía que si le hubiera ocurrido a él no hubiera podido soportarlo, un hombre que había sido capaz de terminar un Ironman en 8 ocasiones… Aquello me dio mucha fuerza y me dio mucho que pensar, cambiando toda mi vida, mis hábitos, mi trabajo, pero lo que no cambié fueron mis ganas por la bicicleta y, ahora, el triatlón.

Después de 5 años y tras una larga recuperación, me inscribí en la primera prueba de ultrafondo, los 101 km de Ronda, en la modalidad de duatlón. La conseguí terminar en 10 horas y 32 minutos. Al año siguiente, de nuevo un duatlón terminando en 11 horas. Luego vinieron más pruebas de ultrafondo, maratones, medias maratones y, cómo no, mi primer triatlón, distancia sprint en Estepona con un tiempo de 1 hora 45… Pero daba igual, era el inicio de mi nueva vida, porque ese primer triatlón coincidió con el alta médica definitiva, la cual me decía que estaba en perfectas condiciones, Ya estaba listo para conseguir mi sueño y eso es lo que hice, triatlón olímpico, más distancia sprint, duatlón, más carreras de montaña y mi primer media distancia, para el año que viene terminar con el Ironman al que ya estoy inscrito.

El espíritu de superación, sacrificio, estado físico y mental que te da el triatlón no te lo da ningún deporte. A mí, aparte de esto, me dio algo por lo que luchar, me dio un motivo para seguir adelante y no hundirme. Pero, sobre todo, me enseñó lo bonito y el fondo que tiene este deporte. Me alegro de poder compartir con vosotros mi experiencia y quiero daros las gracias a Stroke Strike por la labor que hacéis. Actualmente doy charlas sobre mi experiencia y, creedme, no se sabe más de estos temas porque los propios afectados, un 50% de ellos, no lo cuentan porque no superan la enfermedad y el 40% no se atreven por las secuelas que les deja. Solo un 10% sale adelante, soy un privilegiado y por ello puedo compartirlo con vosotros”.

Abraham Montes de Oca. Octubre de 2015